
Chavales de veintitantos enfundados en la Union Jack, flequillos exagerados para la ocasión, Vespas con más espejos que Versalles y el otrora grandilocuentemente denominado por alguno palco de la apatía habitado por extraños seres llegados de otras lejanas y superiores galaxias musicales: Su Ilustrísima Enrique Bunbury y Señora, El Loco, Amaral, El Pirata... Y no era para menos la expectación porque, a pesar de contar con sólo dos supervivientes de los miembros originales, una de las bandas míticas del universo del rock mundial descargaba su música en España por primera vez.
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