• Bailes de salón

  • "Bailes de salón" Por Puritani
  • 21/11/2005
  • "Recuerdo algunos bailes de vals,
    Tom Waits esparcía sus tripas por el salón,
    a menudo los allí presentes
    bailábamos en corro como judíos
    en la festividad de Hanuca".

    "Bailes

    No faltó en aquellas noches de invierno con f
    ningún ingrediente de los habituales:
    Alcohol incalculable,
    exaltación creativa,
    ciega euforia que no preveía
    la infernal curda-cruda cruda-curda
    que se avecinaba de tres días;
    esta marca antológica
    quedaría registrada
    en el tercer tomo enciclopédico
    acerca de borracheras.
    Nuestra adoptada y amorfa normalidad
    era lumpen excéntrico para los enfermeros
    que servían en las barras,
    charanga de tortazos y hostias
    con algún pelmazo que te intentaba
    convencer de algo;
    el precio de escuchar era beberse su cerveza
    y fumársele el tabaco.
    Y todos los borrachos defendemos la patria del trago.
    Los parroquianos habituales
    quemábamos los céntimos de los cuales no disponíamos
    en aquellas ceremonias del derroche.
    Kabuto el informático,
    para nosotros yonqui, repregay y sinónimo de muerte,
    siempre habría paso entre las multitudes del antro infernal
    debido a su aspecto y, supongo bien, que al nuestro
    (el hermano Fauder y yo, coquetos siempre con la muerte,
    le guardábamos cariño y cierta admiración).
    Elías era San Pedro a las puertas del cielo;
    sonriente, no dejaba nunca la copa vacía
    le atraía tenernos ahí, bien alimentados,
    atornillados a las banquetas,
    y en algunas ocasiones rebajaría
    el número de canciones heavies
    que sonaban en esa encantadora
    embajada diabólica.
    Mirábamos y otorgábamos
    a alguna mujer despistada la licencia
    de concubina.
    Invitaba a algún episodio de los bailes de salón
    en Casapuri a mujeres descolgadas
    que arrebatábamos a grupos;
    actuábamos como una auténtica
    jauría de dos o tres lobos.
    Recuerdo algunos bailes de vals,
    Tom Waits esparcía sus tripas por el salón,
    a menudo los allí presentes
    bailábamos en corro como judíos
    en la festividad de Hanuca.
    Frecuentes eran las descarnadas lecturas de poesía:
    el salón se impregnaba inevitablemente
    de olor a mediocre.
    Nunca faltaban discos, libros y Carmelo;
    trabajador surrealista en la gasolinera;
    tiene cara y cuerpo de huevo,
    y el huevo en el dadá es dios;
    por lo tanto, Carmelo era dios
    que nos vendía cerveza fría;
    también era testigo al verme
    de todas esas formas:
    sólo o con veinte personas,
    en calzoncillos, bata y alpargatas,
    plumas morado y gorro ruso,
    o pasamontañas y falda.
    A menudo vaciaba las neveras de la gasolinera
    monopolizando las cervezas
    para el aula del trago en ese salón de alquiler,
    dejando secos al resto de borrachos
    de la zona
    que no podrían ir a buscarlas a los clubs cercanos;
    la pregunta era: ¿comer, joder o beber?
    algunos agraciados lo haríamos a inicios de mes...
    Éramos vagabundos asalariados.
    Varias noches terminaban en cópula gratuita
    y la compra por capítulos en la gasolinera
    iba más allá del alcohol:
    algo de desayuno,
    el periódico más enemigo
    y una caja de globos donde expulsar
    mi congestión seminal.
    Habitual era que todo se transformara
    en la noche de las botellas rotas
    contra el televisor, la pared, la bombilla que pende
    de ese techo de Sanfermines de salón.
    Había una ventana por donde volaban
    viejos peluches como vieja es mi infancia.
    Fueron algunas noches las que registraron episodios
    que los más violentos
    denominan violencia callejera
    hacia algunos símbolos provocadores
    que nos volvían desgraciados:
    Bancos, empresas de trabajo temporal,
    banderas patrióticas y territoriales
    con las cuales me limpié el ojete
    amaneciendo medio tirado y dormido
    en el baño femenino de algún sindicato amarillo
    de orín
    que mañana firmaría mi despido
    o tu defunción en accidente laboral.
    Desde el cementerio,
    un lugar que nos hace iguales
    salvo la fachada y el volumen de carne podrida
    con las manos llenas de rosas de plástico
    en las avenidas de la muerte
    ,
    mi desfigurada y beoda presencia
    clama por aquellas
    o quizás estas
    noches de bailes de salón.

    Puritani
    puritani03@yahoo.es

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