Domingo, 20 Agosto 2017
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Bailes de salón

“Recuerdo algunos bailes de vals,
Tom Waits esparcía sus tripas por el salón,
a menudo los allí presentes
bailábamos en corro como judíos
en la festividad de Hanuca”.


Bailes de salón


No faltó en aquellas noches de invierno con f
ningún ingrediente de los habituales:
Alcohol incalculable,
exaltación creativa,
ciega euforia que no preveía
la infernal curda-cruda cruda-curda
que se avecinaba de tres días;
esta marca antológica
quedaría registrada
en el tercer tomo enciclopédico
acerca de borracheras.
Nuestra adoptada y amorfa normalidad
era lumpen excéntrico para los enfermeros
que servían en las barras,
charanga de tortazos y hostias
con algún pelmazo que te intentaba
convencer de algo;
el precio de escuchar era beberse su cerveza
y fumársele el tabaco.
Y todos los borrachos defendemos la patria del trago.
Los parroquianos habituales
quemábamos los céntimos de los cuales no disponíamos
en aquellas ceremonias del derroche.
Kabuto el informático,
para nosotros yonqui, repregay y sinónimo de muerte,
siempre habría paso entre las multitudes del antro infernal
debido a su aspecto y, supongo bien, que al nuestro
(el hermano Fauder y yo, coquetos siempre con la muerte,
le guardábamos cariño y cierta admiración).
Elías era San Pedro a las puertas del cielo;
sonriente, no dejaba nunca la copa vacía
le atraía tenernos ahí, bien alimentados,
atornillados a las banquetas,
y en algunas ocasiones rebajaría
el número de canciones heavies
que sonaban en esa encantadora
embajada diabólica.
Mirábamos y otorgábamos
a alguna mujer despistada la licencia
de concubina.
Invitaba a algún episodio de los bailes de salón
en Casapuri a mujeres descolgadas
que arrebatábamos a grupos;
actuábamos como una auténtica
jauría de dos o tres lobos.
Recuerdo algunos bailes de vals,
Tom Waits esparcía sus tripas por el salón,
a menudo los allí presentes
bailábamos en corro como judíos
en la festividad de Hanuca.
Frecuentes eran las descarnadas lecturas de poesía:
el salón se impregnaba inevitablemente
de olor a mediocre.
Nunca faltaban discos, libros y Carmelo;
trabajador surrealista en la gasolinera;
tiene cara y cuerpo de huevo,
y el huevo en el dadá es dios;
por lo tanto, Carmelo era dios
que nos vendía cerveza fría;
también era testigo al verme
de todas esas formas:
sólo o con veinte personas,
en calzoncillos, bata y alpargatas,
plumas morado y gorro ruso,
o pasamontañas y falda.
A menudo vaciaba las neveras de la gasolinera
monopolizando las cervezas
para el aula del trago en ese salón de alquiler,
dejando secos al resto de borrachos
de la zona
que no podrían ir a buscarlas a los clubs cercanos;
la pregunta era: ¿comer, joder o beber?
algunos agraciados lo haríamos a inicios de mes…
Éramos vagabundos asalariados.
Varias noches terminaban en cópula gratuita
y la compra por capítulos en la gasolinera
iba más allá del alcohol:
algo de desayuno,
el periódico más enemigo
y una caja de globos donde expulsar
mi congestión seminal.
Habitual era que todo se transformara
en la noche de las botellas rotas
contra el televisor, la pared, la bombilla que pende
de ese techo de Sanfermines de salón.
Había una ventana por donde volaban
viejos peluches como vieja es mi infancia.
Fueron algunas noches las que registraron episodios
que los más violentos
denominan violencia callejera
hacia algunos símbolos provocadores
que nos volvían desgraciados:
Bancos, empresas de trabajo temporal,
banderas patrióticas y territoriales
con las cuales me limpié el ojete
amaneciendo medio tirado y dormido
en el baño femenino de algún sindicato amarillo
de orín
que mañana firmaría mi despido
o tu defunción en accidente laboral.
Desde el cementerio,
un lugar que nos hace iguales
salvo la fachada y el volumen de carne podrida
con las manos llenas de rosas de plástico
en las avenidas de la muerte
,
mi desfigurada y beoda presencia
clama por aquellas
o quizás estas
noches de bailes de salón.


Puritani
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