Domingo, 23 Julio 2017
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EL FINAL DEL CAMINO

Escuché por primera vez la música de Distrito 14 en un recopilatorio llamado “Zaragoza Vive”. Recuerdo perfectamente ese momento. Sería el año 98 o 99. Yo tenía 15 años y frecuentaba a menudo la Biblioteca de Aragón en la Calle Doctor Cerrada. Mientras mis amigos estudiaban en la sala de arriba, yo me bajaba a ojear los discos de préstamo que hay en la planta calle. Cuántos discos y cuánta música descubrimos entre esas repisas! Discos viejos, originales de su época, videos, portadas,… Allí descubrí a The Smiths, a Ramones, a Bob Dylan, a U2, a The Church… y por supuesto a todos los grandes y pequeños grupos aragoneses de los que tan solo había oído hablar: Niños del Brasil, Las Novias, Tako, Días de Vino y Rosas… Para los que nos gustaba la música con esa edad, aquellas estanterías nos dieron la vida. Un día de casualidad, mirando por la “z”, encontré el citado recopilatorio. Era un disco que había sacado A la Inversa Records -fugaz discográfica creada por Enrique Bunbury para editar discos de bandas que le gustaban- y en el cual se incluían una veintena de canciones de los más representativos artistas pop de nuestra ciudad. Allí estaban Más Birras con su “Apuesta por el R&R”, Días de Vino y Rosas, Ferrobós, La Iguana, Copi… y Distrito 14. La canción que aparecía era “Días de Gloria” y a los pocos días de escucha ya se había convertido en mi canción favorita del CD. Poseía una intro de guitarra y una melodía fabulosa, un ritmo cadencioso, trepidante y unos arreglos soberbios; pero lo que de verdad me cautivó fue la voz del cantante. Esa voz cálida como pocas y grave que escupía aquellas palabras referentes a un tiempo pasado, a un viaje, a una promesa por cumplir.

Desde entonces Distrito 14 siempre significó lucha. Consciente de que ya habían quedado atrás sus “días de gloria” indagué en su historia y, por cercanía, en toda la historia de su generación. Una época que no viví pero que siempre (y no se todavía porqué) he sentido como propia. Supongo que los efluvios de lo intangible perduran en el aire generación tras generación en los sótanos de los barrios, en las aceras de las calles, en las barras de bar…

Al leer su historia, al indagar en ese pasado, se corrobora que es una vida de lucha constante. Una pelea de gallos contra el mundo que muy pocos se atreven a comenzar y mucho menos a mantener durante 25 años. Mariano Casanova cuenta en sus diarios que la mayor satisfacción que le ha proporcionado la música ha sido llevarle a otros lugares, darle la libertad. Salir de su barrio, de su ciudad, de su país… Conocer el mundo más allá de las cosas que le rodean.

La gente vive con miedo, huyen de la libertad. Los que carecen de curiosidad se limitan a ver el transcurrir de sus días. Nacen, crecen, estudian, trabajan, forman una familia, envejecen y mueren. Ajenos al mundo que les han legado sus antepasados, a ese mundo existente en los libros, en los discos, en las películas, en los lugares misteriosos fuera de los Centros Comerciales. Los curiosos que pertenecieron a aquella generación fueron afortunados. Vivieron -como cuenta Mariano- el despertar de todo un país y una ilusión que se palpaba en cada esquina. Y algunos lograron su soñada libertad gracias al Rock, como Distrito 14.

Lo que ellos no imaginaban entonces es que con ello alcanzaron también la inmortalidad. Los libros ahora cuentan su historia y generaciones enteras de chicos perdidos en bibliotecas, aburridos de estudiar matemáticas, se toparán con sus discos y se abrirá entonces un nuevo mundo ante ellos. Quizá empuñen una guitarra o un micrófono o una pluma y un papel y comiencen esa misma lucha sin tregua ni cuartel contra la mediocridad, contra la ignorancia, por la libertad.

Distritocatorce
grabó un disco en cuba en 1998 titulado “A mitad del camino”. Han llegado pues ahora, al final.

Sirva esta columna como epitafio a esa maravillosa historia. Y por citar alguno famoso y de relevancia, citaré el que figura en la tumba de Camilo José Cela: “Quien resiste gana”.

Texto: Alex Elías
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