Lunes, 27 Marzo 2017
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CHARLIE WATTS EN UN TAXI DE BUENOS AIRES

Charlie Watts cumple 67 años nada menos.

Es el batería de rock que menos parece un batería de rock. Tiene aspecto de noble inglés, de banquero, de criador de caballos, de perfumista o de jubilado en la Costa Brava, pero de batería de rock, jamás.

Eso pensó el taxista de Buenos Aires que me contó la anécdota.

Cuando detectó que portaba una guitarra y le pedí me llevase a la sede del Canal 7, preguntó la obviedad: “¿Es usted músico?”

Previamente se había interesado por mi ciudad de procedencia, dejando claro que sabía que yo era español.

Los taxistas de Buenos Aires son los más parlanchines que conozco. O quizás es una fama que solo muestran ante los españoles, no sé, deseosos de averiguar noticias de la Madre Patria.

–¿Conoce a los Rolling? –me soltó al rato.

–Hombre, no voy a conocer…

–Yo llevé en ese asiento que ocupa usted a Charlie Watts. ¿Sabe quién es?

–Hombre, ¡el batería de los Rolling!

–Sí, señor. Ahí lo llevé yo.

Naturalmente me interesé por la mágica aventura. Y me la contó.

El taxista tomó a Watts en la puerta del hotel donde se alojaban los Rolling. Iba acompañado por una señora, “no sé si era su mamá o su esposa, tenía una edad indefinida”, aseguró el hombre del taxi, del tacho. Pidieron dirigirse al Museo de Arte Moderno.

Después de un rato de silencio, el taxista le comentó que en ese hotel se alojaban los famosos Rolling Stones, que habían venido a tocar a Buenos Aires

–¿Los conoce?

–¿Que si los conozco? Yo soy Charlie Watts, el batería –respondió el señor mayor mirando por la ventanilla, en un inglés académico.

–¡Che, loco! ¿Vos el batería?

Seguro, le aseguró el batería de los Rolling Stones. El taxista lo miró de reojo desde su retrovisor y certificó que no, que ese vejestorio no era el batería.

–¡Yo conozco perfectamente a los Rolling, oiga! –le espetó al caballero en un inglés de taxista de Buenos Aires–. ¡Cómo va a ser usted el batería! Charlie Watts es un tipo joven, lo he visto mil veces tocar cada vez que vino a Baires, oiga usted.

Y regresando a su argentinismo no dudó en soltarle un “¡Deje la joda, boludo…!”

La señora, que no sabemos si era la señora madre o la señora esposa, reía para sus adentros, con una discreción muy británica.

Entonces sucedió. Quizás tocado en su amor propio, algo que le habrá sucedido doscientas veces en su vida, Charlie Watts decidió dejar una señal en Buenos Aires. No en Washington ni en Bruselas, en Buenos Aires.

–Mire, usted –le dijo al taxista sin alzar la voz—Regresamos al hotel y me aguarda un momento abajo.

–Lo que usted ordene, jefe –asintió el del tacho.

Llegaron, el señor intercambió unas palabras con su acompañante, bajó, mientras la señora quedó en el taxi.

A los diez minutos apareció ese señor tan mayor junto a Mike Jagger. Se acercó al taxista que había perdido el habla al contemplar la escena. Y le soltó, manifiestamente de mal humor:

–Anda, Mike, dile a este señor quién soy yo.

Así me lo contó y así lo cuento.

No, no se hizo ninguna fotografía con ellos. No, no le pidió unas baquetas de recuerdo.

 
Joaquín Carbonell
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