martes, 17 octubre 2017
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EN LA CONSULTA DEL PODÓLOGO

Hace muchos años decidí que nunca iba a hacer discos y canciones para pasar el rato. En el mundo brotan a diario millones de canciones no solo insoportables, sino innecesarias. Nunca como hasta ahora se había devaluado tanto el gesto de crear música; nunca como ahora irritaba tanto el ruido infernal que nos atosiga desde todos los rincones. Yo decidí que no iba a contribuir con más griterío.

Alrededor de la música se ha elevado un formidable edificio que se nutre de un producto pegajoso, que se distribuye por todo el mundo, con la misma seriedad que se reparten las latas de mejillones en los supermercados del planeta. Los afamados críticos son capaces de enjuiciar con el mismo talante un destello de genialidad y una sospechosa mercancía pútrida. Cuando hay productos que no deberían merecer el honor de ser enjuiciados. Son otra cosa, no son música.

La música es un producto tan serio, que lo controlan y dirigen sesudos señores. Nutren a diario de dosis musicales a un consumidor juvenil ahíto de recuerdos y sensaciones instantáneas. Raramente venden una canción inmortal, una de esas melodías que al escucharlas detectas que va a cambiarte la vida. Eso nos sucedió a menudo a los que combatimos en las trincheras de la honestidad brutal. En aquellos tiempos en que la música era un alivio, un alimento, una actitud, una vitamina, una postura, una batalla, una vocación. En aquellos tiempos en que uno se encerraba en su discreta habitación a consumir en comunión, los brutales relámpagos de Jimmy Hendrix, las oscuras admoniciones de Bob Dylan, las histriónicas bufonadas de Frank Zappa, los húmedos susurros de Leonard Cohen, las heridas sangrantes de Camarón, los luminosos sones de Beny Moré. Ese era nuestro alimento, nuestro material espiritual. Ni una corchea de más, ni un gesto de menos. Pink Floyd, Grateful Dead, Incredible String Band, Georges Brassens, Traffic, Cream, super hombres y super grupos que habían decidido apostar su vida para iluminar los escenarios y alegrar la existencia de los espectadores. Hay mil más.

Vivían en la duda, el conflicto, el riesgo, pero jamás compusieron una nota para obtener un dólar (ni siquiera Zappa que presumía de ello). Pusieron la vida, vendieron la salud, para dejar una obra inmensa y eterna. Nunca estuvieron satisfechos.

Hace años que decidí que quería ser como ellos. Decidí que mi capacidad creativa no se acercaba ni a la furgoneta del más vulgar de todos estos compositores, pero decidí que valía la pena intentarlo. Sabía que nunca alcanzaría un miligramo (perdón) de éxito y gloria, pero también sabía que debía utilizar las mismas herramientas que ellos: la decencia, la honestidad, la huida ante la vulgaridad, la asunción del riesgo, la incomodidad ante la repetición. La búsqueda de la sencillez.

Vivimos tiempos de alimentos precocinados, comida precalentada, platos preparados. Tiempos en que prima el evento, el suceso, la excusa. La verbena, la fiesta, la performance. Prima la rave, la disco, la aglomerada reunión.

La excusa para acudir, estar, sentir, mientras suena de fondo una melodía que ya escuchamos en la consulta del podólogo… La música como adorno no como alimento. Un árbol de Navidad sin bombillas…

Esta es la confesión de un fracaso. La asunción de una derrota. A medida que pase el tiempo, aquellos grandes héroes que adornaban las paredes de nuestros cuartos, irán cayendo en el olvido. Innecesarios. Inútiles. Irá creciendo el ruido y la algarabía y ya nadie jurará ante el fuego de Rolling o Beatles, ante el altar de John Lee Hooker y de Ray Charles, de todos esos locos que se jugaron la vida por grabar un disco, ya nadie jurará dejarlo todo para alcanzar la inmortalidad. Como ellos.

Esto se acaba. Nos iremos rindiendo poco a poco. Pero yo me juré no inundar el ambiente con más ruido, con más vulgaridad, con más irritable basura sinfónica. Y estoy contento. Nunca logré un deslumbrante éxito, joder, ni vendí cien mil discos. No voy a decir que me encanta porque no soy masoquista. En realidad debería haber contagiado a unos cientos de miles de anónimos oyentes. No fue así. Pero nunca sufrí la tentación de buscar atajos para comprar lotería trucada. Soy un capullo, como dice una canción poco autobiográfica.

Dentro de cien años, algunos, unos pocos, nos dedicaremos a leer a nuestros poetas chinos favoritos, mientras el mundo enloquece. Ya no existirá la música. Quedará un dislocado eco de alguna melodía perdida en la memoria. No se encontrará un solo rincón sumido en el silencio. Todo poseerá su propia consigna musical, su ligero compás publicitario. Coches, habitaciones, dormitorios, jardines, paseos, oficinas, estadios, todos los espacios capaces de ser habitados vomitarán ruido acompasado. El silencio será el lujo de los millonarios.

Bob Dylan y Frank Zappa serán fusilados al amanecer. Más o menos.

Joaquín Carbonell
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