jueves, 21 septiembre 2017
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EN DEFENSA DEL ARTISTA FRENTE A LA CHUSMA

¡Ay si la gente utilizara la misma energía que emplea en destruir en tratar de crear!. Pero no, debe de ser mucho más gratificante crucificar. No es la envidia, no, debe de ser el gustirrinín que da ver caer al prójimo que triunfa. Y es que los mediocres aprovechan cualquier excusa, cualquier mínimo resquicio, para vapulear a todo aquél que destaca y, en general, a todo aquél que es diferente. Va con el carácter miserable del ibérico. Siglos de historia nos contemplan.

Enrique Bunbury destaca y es diferente. No sólo eso, sino que además nunca se ha caracterizado por su mano izquierda con la prensa, así que, así en frío, la cosa ya pinta mal. Si encima el aragonés errante – sin hache – toma prestados un par de versos de dos poetas marginales sin hacer referencia a su autoría, ya tenemos el cadáver encima de la mesa, servido en bandeja y condimentado con el sensacionalismo y la pirotecnia barata de unos medios de comunicación que hace tiempo que ya no informan y sólo tratan de vender emociones a toda costa. Mal Bunbury por descuido, omisión o por simple cabezonería, pero peor, muchísimo peor todos aquéllos que se han echado encima de él como alimañas hambrientas de ídolo caído.

Un par de versos, dos malditos versos, para algunos prueba concluyente para tirar por tierra toda una carrera y una vida dedicada a la música. Para otros –servidor incluido– simplemente un inoportuno e involuntario desliz. ¿Qué representan dos versos en una canción de siete minutos frente a más de veinticinco años de impecable dedicación artística, de constante evolución, de varios cientos de temas compuestos, de miles de actuaciones por todo el mundo?. ¿Va a copar las listas de ventas Bunbury por utilizar un par de frases ajenas?. ¿Acaso las canciones son sólo palabras y no tienen acordes y melodía?.

Justo es, por otra parte, que se reconozca la autoría de estos versos por respeto a sus creadores y a sus familias (hay que decir que la similitud es innegable), pero ir más allá y querer apreciar mala fe o tratar de verlo como síntoma de agotamiento creativo es un gravísimo error, pues si por algo ha destacado siempre Bunbury ha sido precisamente por reivindicar la obra de otros artistas, por citar sus fuentes y por reconocer expresa y abiertamente la influencia de aquéllos en sus canciones: William Blake en “El camino del exceso”, Fernando Fernán Gómez en “El viaje a ninguna parte”, Mauricio Aznar, Leopoldo María Panero, Hermann Hesse o Blas de Otero son sólo algunos ejemplos. Basta con echar un vistazo a las hemerotecas para comprobarlo.

Ya nos lo recuerda el propio afectado, pero no está de más recordarlo: el rock, el blues, el folk o el pop se han alimentado desde sus orígenes de la literatura, del cine y del arte en general. No en vano, el cancionero de la música popular es pródigo en inspiraciones literarias y cinematográficas ajenas: desde Dylan hasta Led Zeppelin, pasando por Nick Cave o Leonard Cohen, casi todos los grandes han adoptado en algún momento esas ideas y textos de otros que, enmarcadas en el contexto mayor de su obra, adquieren una nueva dimensión hasta crear un lenguaje musical propio.

Sin duda, el cuaderno de notas – el físico y el mental – de Bunbury debe de estar lleno de todas estas referencias ajenas, fruto de sus continuos viajes y de una actividad intelectual en constante ebullición, pero también -no lo olvidemos– de escritos y música propios rebosantes de talento y fiel reflejo de su inquietud por aprender. Eso es ni más ni menos lo que se encontrarán las mentes grises –esa “policía de lo correcto”  a la que hace referencia en su canción- que se han apresurado a analizar palabra por palabra la obra del zaragozano más internacional.

No me cansaré de repetir que España no está preparada para un artista de la envergadura de Bunbury. Podrá gustar o no, pero cuanto más compruebo el perfil de persona que lo odia, más  me doy cuenta de que artísticamente ha escogido el camino correcto.

Escribo estas líneas mientras escucho “El tiempo de las cerezas”: jamás nadie de los que han hecho que el nombre de Enrique Bunbury aparezca junto a la palabra plagio en Google escribirá una canción tan hermosa…. Y añado yo, para hacer algo de justicia: periodismo mediocre.

Jaime Lasaosa Novo
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