lunes, 23 octubre 2017
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DOMADOR. Óxido-Ruido-Nucleico, Virtualbum.es, 2009

De tanto repetirlo vamos a dejar de creérnoslo… pero es cierto, el mundo se acaba y empieza Domador. Oxido-Ruido-Nucleico es la prueba fehaciente de que Domador nos protegerá de la lluvia de pistolas radiactivas convirtiéndonos en el único Heredero de la versión 2.0 de la Casa Usher. Una cinta de bobina abierta con la inversión en la voz francesa de Ana Muñoz, como un coro de ángeles expulsados, ecualizan el comienzo. Domador es pop pánico, cada melodía guarda unos compases para practicar con devoción la ceremonia de la confusión, Paralelo 51 como una declaración de amor sicótica en estos tiempos de enredaderas sociales en mundos paralelos. George Clooney meditando (a pesar de lo horrendo del título), tiene todo el especiado de la ola fría, de los sonámbulos que exhalan las alcantarillas de Huesca. Domador es rock fractal, capaz de provocar una proyección aleatoria de ruidos que adquiere unidad y sosiego en la doctrina narcótica de Señora Robot. Las letras de Domador son esencialmente magnéticas, de las que terminan impregnando tus neuronas hasta hacerlas mutar. De pronto ya no hay más paraíso de cigarras epilépticas que la morfina emocional que se les suministra a los afectados por el Proyecto Manhattan. Domador desgarra los tejidos de la realidad a base de mordiscos eléctricos y aullidos tímbricos, buscando la mejoría parcial de los afectados por la Apoptosis. La ciudad de las palomas tiene un estribillo perfecto, casi un lamento ansioso…supongo que esa es la idea.  Que una banda sea capaz de incluir un tema de rock recitado como La vaca de muchos colores, con la lírica alucinada de los que se han asomado a las puertas de la percepción y han vuelto aburridos, es el verdadero síntoma de la experimentación y el atrevimiento. El disco se cierra con El Diablo y otras Cosas, como un final caja negra, mántrico y exigente, un tema de esos que se utiliza para poder tragarse los satélites sin ayuda de agua, con percusiones propias de la banda que tocó la noche que desvirgaron a Lovecraft, con la boca sedienta del desierto abierta.

Texto: Octavio Gómez Milián
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