Miércoles, 23 Agosto 2017
Inicio / Columna / 2009

2009

Durante años me afané en escribir una serie de cuadernos para auto-convencerme de que, y sin embargo, vivía. Lo hacía cada noche, casi con los ojos cerrados, cuando estaba tan cansada que lo que recién venía de sucederme resultaba ya difuso, de modo que podía alterarlo sin que nadie, ni si quiera yo misma, lo percibiera. Hay páginas que se escriben para que nadie, ni siquiera uno mismo, las lea: leer suele ser análogo a escuchar o ver algo, a veces incómodo.

Hace unas semanas, ordenando mi habitación, encontré unos diarios, los más recientes. Y, aunque sentí curiosidad por las palabras que estos pudieran contener, no fui más allá de un prudente (h)ojear. Quizá los cuadernos que ahora guardo (luego escondo) dentro de una gran caja de cartón en el más inhóspito rincón del armario, guarden (luego escondan) en sí el ostracismo como fin último.

Ya no escribo sobre papeles fechados. No recuerdo exactamente cuándo dejé de hacerlo pero sí, y con escrupuloso detalle, cómo pasaba las nocheviejas en pijama, rellenando datos en mi inminente nuevo diario, con una especie de pesar por el paso del tiempo: nombre, apellidos, fecha y lugar de nacimiento, domicilio, número de teléfono, correo electrónico, incluso RH… Hasta que mi madre me llamaba para que tomase las uvas con el resto de la familia. Resulta curioso, probablemente también irónico, evidenciar que tantos días de mi vida hayan quedado reducidos hoy a tan poco espacio. Nada son en el armario, nada son en comparación, por ejemplo, con todos mis vestidos de fiesta. Curioso y angustiosamente aterrador, si lo pienso más y mejor.

Es probable que la única diferencia entre la chica escritora de diarios y quien soy ahora radique en esa gran caja de cartón: he olvidado, quizá en el mayor y aberrante acto de conciencia, la mayor parte de vivencias que los cuadernos contienen. Sin embargo, en contrapartida a esta amnesia, poseo una singular memoria “ropero”. Pregúntame, de entre todos los vestidos que guardo en el armario, cuál me puse qué noche y qué sucedió. Durante 2009 me he puesto cuantos vestidos he querido, algunos en reiteradas noches, otros en una sólo, guardándolos (luego escondiéndolos) en el armario una vez lavados. Como se hace o se intenta con determinados recuerdos.

Las canciones y los poemas son, desde mi concepción, una variante totalmente opuesta a los diarios, porque nacen desde un impulso vitalista muy alejado de la misantropía que caracteriza, al menos a mí me lo parece, a estos últimos. El primer tipo de composiciones denota mucha más vida que cualquier diario, con la ventaja (en verdad siempre lo es) de que uno no olvida las canciones y los poemas que compone. ¿Para qué si no todos los recursos estilístico-musicales que poseemos, tan imprescindibles de cara al ejercicio de memorización?

Todavía no he elegido vestido para esta noche de sábado, pero acabo de meter uno de ellos a la lavadora, junto al pijama. Es rojo, me lo puse en el último concierto y me estoy planteando muy seriamente guardarlo (luego esconderlo) para siempre. O no. ¿Alguna vez has pensado que hay electrodomésticos con forma de caja? No obstante, su función está mucho más cercana al “reciclaje” que al ostracismo al que me he referido con anterioridad. “Trae, que yo te lavo estos malos recuerdos para que puedas volver a ponerte el dichoso vestido rojo”. O no. Algo parecido acontece con las canciones, supongo, a las que sometemos, muchas veces sin darnos cuenta, a procesos de centrifugado más o menos intensos. Y no me refiero únicamente a las propias de uno.

Hay canciones que en diciembre de 2009 ya no me remitían a los mismos recuerdos, a las mismas vivencias que en enero del mismo año, por no referirme a periodos de tiempo más extensos. Hace unos meses, una serie de músicos, como Amaral, Enrique Bunbury o Kase O de Violadores del Verso detallaron para “El País Semanal” las diez canciones que habían cambiado sus vidas. Las canciones poseen esa propiedad mutante de cambiar vidas, así como de cambiar ellas propias según el contexto personal (e intransferible) que envuelva su escucha. Y no se pueden meter en cajas de cartón ni en lavadoras, digamos que hay algo elevado, etéreo en ellas, algo que no ocupa lugar y que por tanto y paradójicamente las expande más allá de la partitura.  

La amnesia que me asalta para con los diarios no me inquieta porque estoy convencida de que mis canciones, las canciones, contienen mucha más vida que ellos. En un acto de altruismo, desprendimiento o generosidad, las componemos, no para esconderlas, sino para que se escuchen. Para que se miren. Y para que se nos mire. Del año que ha acabado, me quedo con esa sensación, sin duda, la de cantar para unos ojos, no importa que sean dos que cerca de siete mil, ojos que son “todo oídos”. Que desprenden un fulgor que a mí me eriza la piel y hace que se me quiebre la voz. Como sucede con las mejores canciones. Como sucede en las mejores noches, en la vida.

Feliz año nuevo. Y no te olvides de reservar un rincón en tu armario para guardar (luego esconder) todo lo que no te vaya gustando.

Ana M. (Louisiana),
que no es cierto que tenga taaaantos vestidos, ya me gustaría.

Te podría interesar

COLUMNA: El Ánchel va de rule por la ciudad. Agosto 2015 (1/2). Por Ánchel Cortés.

VA DE REYES … DEL RNR, OF COURSE Más de una vez he comentado tanto …