martes, 17 octubre 2017
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ENTREVISTA: PABLO PÉREZ director del festival ESTOESLOQUEHAY. Por Jaime Oriz

Love Of Lesbian, Lori Meyers, Vetusta Morla y Supersubmarina. Combinando estos nombres y rellenándolos con cuatro bandas locales, la mitad de los municipios españoles han sacado adelante un festival veraniego. Una opción completamente válida (no entro en la calidad de las bandas, que van sobradas), pero que causa un mimetismo preocupante. El riesgo, la novedad y la curiosidad han quedado completamente relegadas a un segundo plano. Por suerte aún quedan eventos que no se dejan vencer por el hastío ni por la inercia que dictan los mercados o modas. Un claro ejemplo lo tenemos en Aragón, y se llama Estoesloquehay. Además de su imprevisible cartel (en el que han figurado nombres tan dispares como Marky Ramone, Capsula, De Vito, Justo Bagueste, Guadalupe Plata o Lagartija Nick) cuenta con la peculiaridad de que es itinerante, cada año se celebra en una localidad diferente. Esta edición recaerá en Fonz. En esta ocasión, la música soul será la protagonista con nombres tan importantes como The Pepper Pots y The Faith Keeper. Pasacalles, exposiciones, cine y danza completará la oferta. No atraerá a grandes masas pero este festival no ha dejado de sorprender a lo largo de sus ya 10 ediciones. Y como esta cifra no se cumple todos los días, era necesario entrevistar a su director y cabeza visible a lo largo de todo este tiempo, Pablo Pérez.

 

Diez años ya… ¿Cuándo comenzaste pensaste que llegarías hasta aquí?

Ni muchísimo menos, tras la primera edición en Riglos en un ya lejano 2002 estaba convencido que sería la última. Fue agotador y cuando el domingo, ya de mañana, me retiraba a descansar recibí una llamada de un grupo de amigos: habían metido el coche en una acequia y tuve que convencer a un amable ciudadano de Riglos para que los sacara con un tractor. Todo convergía en mí, los problemas fundamentalmente (risas).

 ¿Cómo surgió la idea de montar un festival de estas características?

El hecho de hacerlo nómada, cambiando cada año de población, con todas las dificultades que conlleva, se decidió tras finalizar la segunda edición de Albero Bajo, en 2004. En ese momento vi claro que algo así tenía que fluir, moverse. En aquel periodo surgieron muchos pequeños festivales, decenas de ellos, si no quería ser uno más se tenía que buscar un factor diferenciador muy claro y apostar fuerte por ello. Cambiar de lugar, elegir la temática en función de la peculiaridad de cada población y realizar las actividades en espacios poco convencionales lo hacía completamente único en su especie.

Efectivamente, siempre has buscado diferenciarte del resto de festivales, que repiten todos los mismos nombres, ¿es difícil apostar por esta política?

Es arriesgado, sin duda. Programar a The Crazy World of Arthur Brown en un pueblo de repoblación de los Monegros, como en la edición de 2009 en San Juan de Flumen, no deja de ser incluso una demencialidad. Sin embargo, resulta muy gratificante ver la reacción del público y de los medios de comunicación. Actuaciones como las de Lagartija Nick o Marky Ramone en Sesué, una población de apenas cien habitantes en el Valle de Benasque; la de Mike Kennedy, vocalista de los Bravos en Benabarre; o el tandem Wau y los Arrrghs!!! y Messer Chups en una misma noche en Alquézar gozaron de una enorme aceptación, haciendo de ellas noches mágicas e irrepetibles. Afortunadamente hemos tenido siempre una buena respuesta de público, pese a ser muy consciente de que lo que estaba haciendo era una temeridad.

En diez años, el mercado ha cambiado mucho, ¿cuáles son los cambios más significativos en tu opinión?

No soy muy asiduo al festivaleo. Las grandes multitudes no son lo mío y por tanto no puedo dar una visión muy objetiva. Veo que muchas propuestas intentan apostar sobre seguro, comprensible por otra parte, con una serie de nombres que se repiten festival tras festival, lo que a mi modo de ver provoca uniformidad y tedio.

¿Cuáles han sido para ti los mejores momentos que has vivido en el festival?

Es difícil responder. Por supuesto ha habido grandes momentos, hilarantes muchos de ellos. Recuerdo con especial cariño la actuación de Arthur Brown. Carlos, de Will Spector & the fatus, que les teloneaban, le propuso en  broma: empezar la actuación subido en una elíptica, un aparato de gimnasia que había en el local de la asociación de mujeres que utilizamos como camerino. Ni corto ni perezoso, minutos antes de la actuación, les pidió ayuda para subirla y así empezó y terminó la primera canción del concierto, vestido con una especie de burka que le tapaba la cara y moviendo aquella máquina infernal con todo su cuerpo. Jamás había visto algo semejante y pienso que buena parte del público allí reunido tampoco.

 ¿Vas a hacer algo especial para la edición número diez?

Este año he querido hacer un homenaje al soul y a la música negra en general. Contaremos con la presencia de The Pepper Pots y The Faith Keepers, a mi entender, de lo mejor del género en nuestro país.

¿Cómo crees que, en estos tiempos de crisis, pueden sobrevivir los pequeños festivales?

Desafortunadamente, no tengo la respuesta. Los festivales son parte de la cultura, y no se pueden perder. Y es una de las formas que tienen los artistas de mostrar en público sus obras, sean de la disciplina que sean. Necesitamos seguir innovando y buscar fórmulas que atraigan al público, y no siempre en los mismos espacios. Hay que buscar otros entornos, otras herramientas, y buscar la máxima implicación de la gente.

 

Texto: Jaime Oriz / En la imagen Pablo Pérez / Más información del festival

 

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