jueves, 19 octubre 2017
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Manolo García

CRÓNICAS: Manolo García. Pabellón Príncipe Felipe, Zaragoza 29/4/16. Por Alejandro Elías y Ángel Burbano

El pasado viernes asistimos a uno de esos conciertos difícilmente olvidables dentro del calendario musical anual. Lo cierto es que los conciertos en el Príncipe Felipe casi siempre suelen estar entre los mejores del año, puesto que el despliegue escénico y sonoro resulta inigualable; así sucedió, por ejemplo, con el de Extremoduro hace un par de años o –por recordar otro de tantos- aquel de Franz Ferdinand en 2009. Lo primero que sorprendió fue el enorme escenario construido en el fondo sur del pabellón: lleno de plantas reales que simulaban un enorme jardín sobre suelo ajedrezado, como recordando un gran patio andaluz. Sobre él, decenas de amplificadores, pies de micro, dos baterías, dos sets de teclados, cables, guitarras, tambores, etc, etc. La cosa sorprendía de veras por su tamaño y grandilocuencia. Comenzó el show y la sorpresa se multiplicó al ver que salían a escena Gerry Leonard, Zachary Alford y Jack Dealy entre otros músicos, es decir, el guitarrista y batería de David Bowie y el bajista de Lenny Kravitz. Manolo García hizo su aparición silenciosa y sin mediar palabra empezaron a tocar, desgranando buena parte de las canciones de sus dos últimos discos de estudio. El sonido de esa magnífica y lujosa banda es espectacular, con mil y un matices junto a un pulso rítmico fuera de lo común. De hecho, las canciones de Manolo casi sonaban irreconocibles en muchos momentos, cosa que más de uno agradeció por el nuevo enfoque sonoro que adquieren temas como los singles “Un giro teatral” o “Es mejor sentir”. Pasada la hora de duración, se apagaron las luces y la banda se despidió para dar paso –tras un breve descanso- a la banda habitual de músicos españoles de García. Ya con sus camaradas de siempre, Manolo optó por interpretar uno a uno todos los grandes éxitos de su carrera solista; así sonaron “Una tarde de sol”, “Carbón y ramas secas”, “Nunca el tiempo es perdido”, “Para que no se duerman mis sentidos” y tantas otras que desataron el delirio colectivo entre los más de 7.000 espectadores que abarrotaron el recinto. Manolo, más enérgico y activo que en la primera parte, saltaba, bailaba e incluso se zambullía entre la masa de fans que ocupaba las primeras filas, entrando literalmente entre la gente a través de las barreras de protección laterales. Una fiesta que el gentío agradeció a más no poder, puesto que la entrega y desgaste de Manolo no es común en artistas de su edad ni talla. Tras su gran canción “Pájaros de barro”, visitó su pasado musical con dos canciones de El Último de la Fila: “Llanto de pasión” y la imperecedera “Insurrección”, para terminar después la noche con las aceleradas “Viernes” y “A San Fernando” en un fin de fiesta con todos los músicos encima del escenario. Tres horas y quince minutos de show que, aunque parezca difícil, a casi nadie se le hizo pesado. Manolo García sigue siendo un artista que no caduca y que -aunque cada demasiado tiempo- no escatima ni una sola gota de talento ni de medios cuando sale de gira.

Texto: Alejandro Elías – Fotos, Ángel Burbano

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