sábado, 21 octubre 2017
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Joaquín Sabina, junio de 2010 en el Príncipe Felipe de Zaragoza, por Ángel Burbano.
Joaquín Sabina, junio de 2010 en el Príncipe Felipe de Zaragoza, por Ángel Burbano.

CRÓNICAS: Joaquín Sabina. Pabellón Príncipe Felipe, Zaragoza. 12/10/17. Por Alejandro Elías

Una de las citas musicales más importantes –o al menos más esperadas- de estas Fiestas del Pilar eran sin duda los dos conciertos consecutivos de Joaquín Sabina el 11 y el 12 en el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza. Su nuevo disco “Lo niego todo” ha sido todo un acontecimiento sin precedentes en el mundo musical español –tanto de crítica como de ventas- y la nueva gira está arrasando allá por donde pasa. La segunda noche no colgó el cartel de “no hay entradas”, pero lo cierto es que le faltó bien poco. Con un pabellón a rebosar salió la banda del cantautor rockero, esa que cuenta ya con 30 años de historia y que tiene entre sus filas a míticos como Pancho Varona, Antonio Gª de Diego o a Jaime Asúa, ex de Alarma, banda en la que militó el añorado Manolo Tena. Pocos segundos después y caminando lento, pausado y tranquilo salió Joaquín con su guitarra en mano, directo a sentarse en la banqueta que le pusieron frente al micrófono. Comenzaron a desgranar las canciones que conforman su último disco, que como él avisó, formarían la primera parte del repertorio del concierto. El show transcurrió sosegado –la gente estaba acomodada en sillas abajo, en la platea- hasta que hizo aparición el primer gran giño al pasado con “Todavía una canción de amor”, canción que escribió Sabina y que grabaron Los Rodríguez en su último disco de estudio. Acompañando a cada uno de los temas, Joaquín antes de comenzar a sonar la música, relataba una pequeña historia acerca de la misma, de su gestación, de su significado o de cualquier otro dato que pudiera dar a su público eso que tanto les gusta: todo lo que Sabina guarda en la  memoria. Sin duda, estas palabras e historias suyas le dan un plus al show –y al propio protagonista- que quizá le falta en su voz. Y es que a Joaquín se le nota cansado, algo falto de forma, y no es para menos con sus casi 69 años de edad. El concierto continuó con varios de sus hits, como “La del Pirata cojo”, “En el boulevard de los sueños rotos” –con dedicatoria a México incluida- o “Peces de ciudad”, auténtica y soberbia gema dentro de su cancionero. Con ella el público entro en trance y cantó, esta vez a voz en grito, cada una de sus estrofas. Continuó presentando a la banda y fue a Mara Barros a la que cedió el protagonismo –y el micrófono- para que ella sola cantara una de sus canciones frente a todo el pabellón; es algo a lo que Joaquín recurrirá varias veces a lo largo de la noche, utilizando esos momentos para entrar en camerinos y descansar. Lo cierto es que dado el nivel de sus músicos y la complicidad que estos tienen con el público, el cariño y el respeto que se les muestra es mayúsculo. Como en el momento en que hizo lo propio Antonio Gª de Diego cantando a guitarra y voz “Tan joven y tan viejo” y “A la orilla de la chimenea” de una manera magistral. La última parte del concierto la dedicó, como no podía ser de otra forma, a varios de sus grandes clásicos. Así enlazó “Noches de boda” con “Y nos dieron las diez” y atacó “Princesa” de la forma más rockera que se le recuerda. Sin embargo, aunque el show y el sonido aumentara de revoluciones, Joaquín rara vez cantó de pie o alejado de su banqueta, y sentado acometió también la última canción de la noche “Pastillas para no soñar”, con una banda entregada al 100% en su segunda noche zaragozana. No sabemos cuándo se podrá volver a ver en directo a Joaquín Sabina en Zaragoza –él mismo explicó que sólo Dios lo sabe-, pero la despedida fue sin duda muy digna de recordar.

Texto: Alejandro Elías

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