sábado, 3 diciembre 2022
La bola de espejos protagoniza el segundo capítulo de 'Historietas del Aragón Musical'
La bola de espejos protagoniza el segundo capítulo de 'Historietas del Aragón Musical'

Historietas del Aragón Musical cap 2º: «Y dejó de girar»

«Nuestras miradas destellaban la complicidad de los miembros del pueblo elegido por Yahvé para la revelación de los principios fundamentales del Universo».

Es primer miércoles de mes. Desde Aragón Musical compartimos el segundo capítulo de las ‘Historietas del Aragón Musical’. Con acontecimientos tan ciertos como los que pudiste vivir desde nuestras páginas comenzando enero. En este caso el relato está contextualizado a mediados de la primera década del actual milenio. En Zaragoza sucedió algo para mucha gente joven de la época inédito: los bares dejaron de abrir hasta el amanecer.

Lo que resultaba una noche a noche del todo habitual en las décadas anteriores pasó a ser, como comprobamos hoy, característica de otros tiempos. Viajamos hasta los últimos días de una era. Vamos hasta aquella época, como haremos este 25 de febrero, viernes, en el que, con la excusa de nuestro 17º cumpleaños, rememoraremos grupos de 2007 que se reúnen en directo desde La Casa del Loco para la ocasión. Pero ahora toca entrar en un garito clandestino, alejado del mencionado, y vivir juntos la última noche de aquellas noches eternas.

Y dejó de girar

Lo juro, hubo una época en la que proliferaron unos bares nocturnos con buena música como banda sonora de multitud de historias que hoy forman parte de nuestra biografía. Las aulas en las que más aprendimos. En serio, acogían durante las noches de los siete días de la semana a nuestros cerebros sedientos de cultura, a nuestras hormonas sedientas de flujos, a nuestros hígados sedientos de todo lo demás. No fue un sueño; desde sus apacibles ventanas, casi siempre de ladrillos, observábamos el amanecer. Impasibles. Como si el tiempo fuese a durar todo el tiempo.

La persona que pinchaba ahí era alguien. Lo que preparaba en sus platos te nutría. En aquellos altavoces escuchabas medicinas que renovaban tus células y cambiaban tu vida. Entre esas paredes se cuidaba lo que sonaba incluso más que los mismísimos aseos, y te aseguro que sobre sus inodoros uno se atrevía con una buena loncha sin miedo a la falta de higiene. Por supuesto la salud siempre lo primero.

«Las instrucciones habían sido claras: debíamos situarnos durante aproximadamente un minuto al lado de la persiana bajada. Así lo hicimos».

Nunca llegó a pasar por nuestras creativas neuronas, ni en los peores viajes lisérgicos, que estas verdaderas sedes de la Biblioteca de Alejandría conectadas a través de rutas callejeras repletas de cajeros automáticos, dejarían alguna vez, en un futuro distópico quizás, de darnos servicio durante la larga oscuridad.

Viví los 90s y comienzo de los 2000s como una época de gran libertad. Estos lugares eran los templos de la cultura a los que acudir para calmar el alma. Bajo sus púlpitos hice míos discos que tatuarían mi personalidad. Libros, películas y principios varios llegarían de todo aquello.

No sé, recuerdo el fin de aquella era de efervescencia creativa ‘vampiresca’ como algo que sucedió de una noche para otra. De repente las calles se llenaban de policías y los bares bajaban las persianas. Las madrugadas quedaban monopolizadas por consistentes farolas a modo de monumentos a las pocas luces junto a algunas discotecas que poco tenían que ver con aquella cultura de bares de supervivencia. Sin ellos acabaríamos con el agua al cuello. Nada sería ya como antes.

Lo que narro a continuación es una de esas noches de la de aquellos años en las que aún hubo motivos para el optimismo. Llegó a parecer que no estaba todo perdido. Durante aquel obligado proceso de adaptación al nuevo orden establecido, no faltarían algunos maquis dispuestos a rebelarse desde la clandestinidad. Uno de ellos, incluso, haría parar el mundo. Y un servidor lo viviría para contarlo.

«Entre esas paredes se cuidaba lo que sonaba incluso más que los mismísimos aseos, y te aseguro que sobre sus inodoros uno se atrevía con una buena loncha sin miedo a la falta de higiene».

Como sucede en todos los movimientos de resistencia, si piensas como ellos, llegas a ellos. Mis hermanos de sangre -por circular ésta portando idénticas sustancias- y un servidor, no tardamos en saber de un garito con buena música y conciertos que solíamos visitar iluminado por el sol y que, al parecer, fuera de la nueva legalidad vigente, seguía dando calor a más familiares nuestros también durante la fría noche. Acudimos al lugar a comprobar si, de verdad, albergaba aquella tierra prometida.

Durante los 40 minutos de caminata a través de aquel desierto bañado por la luna hubo aventuras, risas y emoción. La alternativa a los bares de siempre eran los puticlubs y ese no era nuestro lugar en el mundo; curiosamente esos locales de dudosa moral no entraban en la lista de sitios de horario restringido por aquella moral, hipócrita doble moral.

Arribamos al fin a la parroquia. El local se encontraba cerrado. Las instrucciones habían sido claras: debíamos situarnos durante aproximadamente un minuto al lado de la persiana bajada. Así lo hicimos. Con total puntualidad cruzó la acera una especie de rayo con piernas que resultó ser un señor tan serio como ágil. Nos libró con gran rapidez de la espera subiendo aquel telón metálico. Comenzaba la función. Con un marcado acento rumano nos invitó a atravesar el umbral de ruptura con el sinsentido. Dejábamos de ser zombies. Nuestra realidad pasaba a ser otra. Bueno, en realidad la realidad de siempre.

«Hubo una época en la que proliferaron unos bares nocturnos con buena música como banda sonora de multitud de historias que hoy forman parte de nuestra biografía».

Desde la calle no lo hubiésemos ni intuido. Aquella arca para especies amenazadas se hallaba repleta de seres vivos con ganas de evitar la extinción. Presidida por una enorme bola de espejos, los reflejos de sus pequeños cristales giraban y giraban con la música a modo de líderes de la tribu que seguirán bailando cada noche como acostumbraban ya sus ancestros más lejanos.

El volumen del sonido del equipo de música sonaba alto, como era habitual. La gente hablaba animadamente con normalidad. Había mucha peña bailando. Saludé a algunas personas conocidas. Nuestras miradas destellaban la complicidad de los miembros del pueblo elegido por Yahvé para la revelación de los principios fundamentales del Universo y los Diez Mandamientos contenidos en la Torá. Saboreamos bebida sagrada y enseguida pasamos a confundirnos con el entorno. Costaba pensar que por ahí fuera reinara el total silencio.

Conseguimos acomodarnos en una mesa. Desde ahí arriba disfrutamos de las ofrendas que aún nos permitía este ingrato planeta. Las horas volvían a pasar. Mientras notábamos bajo nuestros pies, con total claridad, la rotación y la traslación de la tierra, con sus dedos acariciando nuestras plantas -¡qué gustazo!-, sucedió algo inesperado. La música dejó de sonar. Tal cual. Desde la barra pidieron silencio. No entendía nada y empecé a preocuparme.

«Tuve la sensación de que el universo aguantaba la respiración sin saber durante cuánto tiempo podría resistir».

La gente, automáticamente, paró de bailar y de hablar sin aparente sorpresa, como habituada a esta especie de simulacro del fin. Miré hacia arriba interesado en la sacerdotisa de la tribu: vi frenar a aquella bola de espejos, y dejó de girar. Parecía como si el desabrido mundo exterior hubiera conseguido contaminarnos introduciéndose en nuestro pequeño gigantesco agujero de gusano. En aquella cápsula del tiempo. La luz de los focos circulares nos abandonó. Las sombras se instauraron en aquel sistema solar bajo la batuta hacía solo unos segundos del sonido de la armonía de las esferas. Tengo que aclarar que para haberse detenido el tiempo, los segundos pasaban; demasiado lentamente, pero su tic tac era alto. Tuve la sensación de que el universo aguantaba la respiración sin saber durante cuánto tiempo podría resistir.

Entre tanto silencio no fue difícil escuchar la voz de Dios dando instrucciones para que el mundo volviera a cobrar sentido. Habló con marcado acento rumano y recitó desde un walkie talkie posado sobre la barra: -ya se ha ido la poli, vía libre-. Siempre pensé que Dios era negra; me equivoqué otra vez. Como si no hubiera sucedido nada fuera de lo común, la gente continuó conversando animadamente; siguió bailando, como si tal cosa. Con la más absoluta impasibilidad. Y la música sonó, las luces nos dieron lumbre y la bola de espejos volvió a dirigir aquella ceremonia de la vida.

Autor: Sergio Falces

Veracidad de la historieta: 99%.

Modificaciones: Todo sucedió tal como está relatado. Sin cambios conscientes.

Fechas: Lo expuesto tuvo lugar a mediados de la primera década del milenio. Sobre 2004 o 2005. Está escrita unos siete años después.

Otros datos: El lugar retratado estuvo situado en Zaragoza y no existe a día de hoy. Incluso realizaba conciertos. Es preferible no aportar más datos ya que las personas propietarias del lugar (que desconocemos quiénes eran) pueden seguir en el mundo de la hostelería hoy y les haríamos un flaco favor.

Curiosidad 1: De camino hacia aquel local pasamos por la sede de la Sgae de Zaragoza y miccionamos en su puerta.

Curiosidad 2: Aunque ha sido habitual cerrar las puertas de un garito con clientes dentro para seguir la actividad ‘clandestinamente’, en este caso, lo peculiar residía en que cualquier persona anónima que se quedase un minuto al lado de la persiana bajada podía entrar.

Curiosidad 3: Como es sencillo de adivinar, el garito fue clausurado por la policía al poco tiempo.

Aclaración: Esto sucedió unos cuantos años antes de la pandemia mundial por covid-19. Hoy, pensando en la salud general, no participaríamos de algo así.

Banda Sonora:

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