El sofá protagoniza el relato "La invisibilidad no es ciencia-ficción", de la serie Historietas del Aragón Musical.
El sofá protagoniza el relato "La invisibilidad no es ciencia-ficción", de la serie Historietas del Aragón Musical.

Historietas del Aragón Musical cap 3º: «Invisible»

«El escritor de algo parecido a versos se desnudó por completo, por aquello de llamar la atención desde el principio, y comenzó a leer en alto sus manuscritos».

La serie ‘Historietas del Aragón Musical’ continua por tercer mes con su tercer capítulo. De nuevo veraz. Vuelven a aparecer las noches eternas de mediados de la primera década del milenio, pero en esta ocasión desde el abrigo de un piso. Era habitual cambiar los bares por casas y compartir ahí tragos y sustancias varias en compañía de gente desconocida, junto a discos, libros e, incluso, música en directo, con el consiguiente enfado de quienes vivían en el mismo bloque. Pero no todo era una fiesta continua. Las risas producen llantos y rodeado de gente es como más triste puede sentirse alguien.

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La invisibilidad no es ciencia-ficción (Invisible)

Allí yacíamos, cinco escombros, en casa de un autodenominado poeta. Repartidos, nuestros intoxicados cuerpos, entre un pequeño sofá lleno de mierda y un enorme suelo en aún peores condiciones higiénicas.  

Al aprendiz de poeta le acompañábamos, como en tantas noches (nunca supe a qué dedicaba sus horas diurnas), el aprendiz de músico y el aprendiz de nada. Este tercero no era otro que el ignorante que está escribiendo lo que lees. Y la ignorancia no siempre es la felicidad. 

Aquel martes, por designios del universo, nos habíamos subido a aquel piso una suculenta recena: dos chiquillas jóvenes, tiernas y ávidas de sexo. Así las recuerdo, aunque como en todo encuentro en carretera secundaria de mal vivir, el polvo dificulta la visibilidad. Y a veces la falta del mismo. 

Las chicas habían estado escuchando música en uno de aquellos bares nocturnos de los que hablarán algún día los libros de historia y nos habían seguido ante la promesa del poeta anfitrión de aquel hogar de acogida de basura urbana de recitar pasajes de su obra con nuestro otro compañero, el músico, a la guitarra como depresivo acompañante. Sorprendentemente les pareció buen plan. 

«Allí yacíamos, cinco escombros, en casa de un autodenominado poeta. Repartidos, nuestros intoxicados cuerpos, entre un pequeño sofá lleno de mierda y un enorme suelo en aún peores condiciones higiénicas».

El escritor de algo parecido a versos se desnudó por completo, por aquello de llamar la atención desde el principio, y comenzó a leer en alto sus manuscritos mostrando sin ningún pudor una vegetación de pelo que le permitiría a una pulga desplazarse cómodamente de pies a cabeza sin rozar piel alguna cuan ardilla ibérica del medievo. 

La guitarra sonaba desafinada, pero era lo de menos, las poses ensayadas del músico suplían sin duda cualquier carencia sonora. El recitado fue, en realidad, un gritado de expresiones provocadoras y frases con más buenas intenciones que otra cosa que apuntaban maneras y que a mí me gustaban a pesar de todo. No fui el único que las apreció. A aquellas chicas se les estaba cayendo la baba. Y me jugaría medio huevo a que no solo de la boca. Venga, huevo entero.  

Tras varias amenazas de los vecinos anticipando la posible visita de la policía a aquella fiesta en la que no invitaríamos a uniformado alguno, apagamos las llamas del infierno y apuramos las litronas con la única compañía de una conversación. La plática se vio monopolizada en todo momento por los autobombos de los artistas y las poco originales preguntas de las chicas. ¿Cuáles son tus escritores favoritos? ¿En qué grupo tocas? ¿Cómo es que vas a fichar por una editorial? ¿Es cierto que has tocado con tal artista y tal otro? ¿En qué te inspiras para escribir? ¿Cuál es tu proceso compositivo? ¿Sufres? 

La invisibilidad no es ciencia ficción. Es real como la muerte misma. Desde siempre imaginándome lo que haría si fuera invisible y, como suele ocurrir cuando se consiguen las sueños más ansiados, en estos momentos, nunca se acuerda uno de mirar por debajo de una falda, mangar un billete grande o bailar un charlestón sin miedo al ridículo; lo que se le pasaría por la cabeza a cualquiera en mi situación y condición, vamos. 

«Aquel martes, por designios del universo, nos habíamos subido a aquel piso una suculenta recena: dos chiquillas jóvenes, tiernas y ávidas de sexo».

Pero hasta los poderes sobrenaturales del más fuerte de los superhéroes flaquean antes o después, más cuando no te queda otra que pedir que te pasen algo que necesitas para sentirte bien, o no tan mal. Imprescindible para seguir vivo en realidad. Una situación límite. Y, vaya, aquel fue el momento en el que una de las chicas, la más joven, se percató, durante unos segundos, de mi presencia. Así pues, no se le ocurrió mejor acción que preguntarme en voz alta que si también yo era poeta o músico. Ante mi silencio, reformuló su consulta: -¿Tú qué eres? 

Lo dijo con pulcra claridad: -¿Tú qué eres?-. Imposible borrar de mi mente hasta las más inapreciables arrugas originadas por el gesto de aquella frase en su boca: -¿Tú qué eres?-. Incluso la otra muchacha, que no había hecho en todo momento más que observar al poeta con mirada fija, volvió levemente su cuello para casi mirarme ante aquel: -¿Tú qué eres?-. Posiblemente incluso intuyó una sombra mía por la zona más externa de su rabillo del ojo y todo. 

Apareció automáticamente la imagen mía, de muy niño, en el recreo, acostado en el suelo boca abajo. No hacía otra cosa que imitar a un tipo de mi clase que se hallaba a unos 10 metros en esa postura recibiendo cosquillas de unas chicas. Ellas reían. Él suplicaba, también entre carcajadas, que le dejasen en paz. Me coloqué, pues, como él. Y grité -Nooo, dejazmeeee-. Miré a esas niñas riéndose y esperé que vinieran hacia mí. Ellas me devolvieron la mirada y siguieron, risas y risas, con Guillermo. Así se llamaba ese capullo integral al que le ha tenido que ir, seguro, muy mal en todo.

Me levanté del suelo del recreo frustrado total sintiéndome como volvería a suceder años después, en plena adolescencia, con un amigo y dos chicas. Le estaban pidiendo a mi compañero que se bajase los pantalones, también entre risas. Reírse es tan bonito. Lo más bonito. Y lo más triste cuando tú no estás invitado. Les dije que me bajaba los pantalones yo, a modo de broma, porque llevaba debajo del chándal ropa corta de deporte. Intentando jugar con el factor sorpresa, vaya. Inteligente que es uno. Todo una coña en realidad. Sabía que yo no era, precisamente, quien les gustaba. En este caso no me devolvieron ni la mirada. Ahí se quedó mi pantalón, debajo del otro pantalón, como el árbol que cae en el bosque, encima de otro árbol caído, sin que nadie lo escuche. Posiblemente aquella prenda ni llegó a existir. Como yo. Mi pregunta es sincera: ¿existo?

«Desde siempre imaginándome lo que haría si fuera invisible y, como suele ocurrir cuando se consiguen las sueños más ansiados, en estos momentos, nunca se acuerda uno de mirar por debajo de una falda».

Y lo volvió a repetir con voz notablemente más elevada: -¿Tú qué eres?-. Tengo que contestarles algo a estas dos tipas. Y a aquellas niñas del recreo. También a las chicas adolescentes que quieren que mi amigo les enseñe los calzoncillos. Lo están esperando. Y no sé ni cómo comenzar.

¿Para qué engañarnos? Un servidor no tiene coartada. Estoy perdido. Lo poco que valía en aquel momento mi autoestima tocó fondo. Escuché aquel sonido de moneda de cobre oxidada rebotando contra el suelo. Seguía sonando su eco y yo no había articulado palabra alguna ¿Qué responder? 

Lo de ser buena gente, en ese momento, como en la mayoría de situaciones de la vida, vale de bien poco. Vaya disparate. De hecho a mí me importaba lo buenas personas que fuesen ellas un verdadero carajo también. Cómo estar a la altura de aquellos dos “artistas”. Lo de trabajar en la tele siempre es resultón pero acababa de dejar una colaboración hacía unos meses. La radio podría haber colado tiempo atrás pero llevaba algunos años sin hablar por micrófono alguno. Tenía un puñado de relatos escritos por mi casa, pero todavía no se habían inventado los smartphones y dormían plácidamente en la confortabilidad del disco duro del ordenador de mi dormitorio. Algún día quizás los saque a la luz definitivamente, pensé. Pero ese futuro se encuentra aún lejos. 

En aquel momento hubiera deseado ser colaborador de un espacio televisivo en pleno prime time o dirigir el programa de radio más cool o contar con un libro publicado, uno tan malo como este mismo relato podría haber servido. Solo para responder, con mirada fija, tatuado en una sonrisa canalla, que en realidad yo no soy nadie. Pero preferí no contestar, y en realidad tampoco les importó.

Autor: Sergio Falces

Veracidad de la historieta: 90%.

Modificaciones: Se trata de un relato muy verídico. No obstante, el autor, conocía perfectamente la vida diurna de sus dos acompañantes poeta y músico. Afirma lo contrario porque en aquella época era muy común compartir horas con «amigos íntimos» totalmente desconocidos fuera de los excesos nocturnos.

Fechas: Lo expuesto tuvo lugar a mediados de la primera década del milenio. Sobre 2004 o 2005. Está escrita unos cinco años después.

Otros datos: El piso en el que tuvo lugar la secuencia estaba situado por la zona de calle Tomás Bretón. Se encontraban ahí bares en los que se podía disfrutar de muy buena música, incluso en directo. Desde El Sol y La Luna (del mismo dueño) hasta el Voltaire y el Blues.

Curiosidad 1: Aquel «aprendiz de poeta» y el músico cuya «guitarra sonaba desafinada» publicaron más adelante tanto libros como discos. Y a quien escribe el texto tampoco le fue precisamente mal.

Curiosidad 2: El autor hace referencia a programas de radio que había realizado años antes desde emisoras como Radio Ebro así como a secciones culturales en la desaparecida televisión privada Antena Aragón.

Curiosidad 3: Por aquella época, en el círculo de quien firma el texto, era común montar fiestas en aquel piso y que los vecinos se quejasen con no pocos motivos.

Aclaración: Lo de «dos chiquillas jóvenes, tiernas y ávidas de sexo», no hay que tomarlo al pie de la letra. Es, rotundamente, una exageración en clave de humor. Tampoco hubo nunca intención ni de mirar por debajo de ninguna falda ni de robar billete alguno ni, mucho menos, de bailar un charlestón. Bueno, quizás de esto último sí; para algunos menesteres, siempre es el momento adecuado.

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