'Estrella fugaz', 4º capítulo de 'Historietas del Aragón Musical'.
'Estrella fugaz', 4º capítulo de 'Historietas del Aragón Musical'.

Historietas del Aragón Musical cap 4º: «Estrella Fugaz»

«Se estaba convirtiendo en una prostituta del arte. Como yo, por supuesto, pero un servidor hace tiempo que lo había asumido».

Acabamos de estrenar el cuarto mes del año. Con él compartimos el cuarto capítulo de nuestra serie de relatos reales ‘Historietas del Aragón Musical’. En esta ocasión desde un restaurante de poca monta en el que un juguete roto intentará actuar para veinte comensales a quienes poco les importará su actuación.

La cantante protagonista ganó un concurso televisivo, firmó autógrafos y llenó grandes pabellones. Quien firma el relato, lo vivió desde el puesto de técnico de sonido, cuya finalidad consistía en presionar la tecla ‘play’ de un reproductor de cedé y subir el volumen de un micro.

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Estrella fugaz

No recuerdo su nombre. Seguro que a mucha gente que lo aclamó en sus conciertos ya no le resuena en la cabeza a día de hoy. Cantaba muy bien, de eso no hay ninguna duda.

Por aquello del comer, en esta ocasión me tocó sonorizar a la cantante de cuyo nombre no puedo acordarme. Lo de sonorizar, en realidad, se reducía a darle al botón ‘play’ y, como en un karaoke, hacer que se escuchase un disco compacto con la música que ella completaría aportando la que, efectivamente, resultó ser una gran voz.

Una agencia de espectáculos contrató a la susodicha, como a mí, para alegrar el cumpleaños de un tipo que había invitado a una veintena de amiguetes a un restaurante de una pequeña localidad cercana a Zaragoza. El sonido no iba a ser muy bueno pero me permito desentenderme de responsabilidad alguna a ese respecto. Los milagros para los santos, yo estoy lejos de ser uno de ellos.

«Una escena sin escenario, sin muestras de admiración, sin gritos de ánimo, sin autógrafos. No debe ser nada agradable sentir la decadencia recién pasados los veinte».

Acudí junto a un compañero técnico, un equipo de sonido y una furgoneta, a lo que resultó ser una especie de suburbio rural. Acomodamos los aparatos a las posibilidades del local, como siempre en estos casos ante las malas caras de las personas encargadas de sala que ven este tipo de montajes como innecesarios.

Recuerdo que dándole forma a uno de esos equipos para el baile de una boda, el dueño de la finca en la que se iba a celebrar tal emotivo acto de amor, me ordenó que situara la orquesta robótica en un rincón aislado de la pista de baile. Cuando le indiqué que prefería posicionarlo más cerca de la gente para integrarme en el ambiente, observar todo de cerca y que saliese la cosa mejor –profesional que es uno- ese veterano inquilino del planeta tierra, encajando una irónica mueca parecida a una sonrisa, aseguró que con un reproductor de casete y una cinta grabada podría bastar para que todas las personas bailasen de lo más alegre. En resumen, que no era necesario un tipo que eligiera canciones, pero como los novios lo habían pedido así… De ese modo echó por tierra en algo menos de quince segundos un trabajo que me haría desperdiciar otro sábado noche entero de mi vida. Por el que iba a perder alguna bonita conversación, sonrisas, canciones, afectos, litros de alcohol, emociones, frases que apuntar, abrazos, bailes, deshacer una cama con cariño quizás, un trozo de mi vida seguro, material para confeccionar relatos más apasionantes que éste en todo caso.

«Se lo hubieran pasado mucho mejor con la compañía de un señor tiñendo su cara de rojo al contundente soplido de una vuvuzela. Y a mofletes más hinchados, mayor diversión».

Durante la preparación del evento en el que esa joven aprendiz de artista iba a amenizar el cumpleaños de aquel cuarentón, noche también perdida para mí y mi condenada alma, terminamos de encajar cables, piezas, miradas de perro… la realidad de nuestras vidas en definitiva. Acabamos también de cenar y de cagarnos en tótems religiosos, no recuerdo muy bien si en uno o en unos cuantos. Fue entonces cuando se abrió la puerta del sórdido lugar asomando la muchacha su linda cara. Era muy tímida. Calculo que no pasaría en mucho la veintena. Venía con su padre, un tipo cordial, afectuoso, optimista, enérgico y fan incondicional de su niña, a la que, no hacía falta tener especial intuición para notarlo, adoraba con toda su alma.

La chica no hablaba demasiado pero daba igual, para suplir esa carencia, y seguro otras muchas, ya tenía a su padre. El señor no tardó en informar a todo el mundo sobre lo bien que cantaba su muchacha. Por lo que dijo, ella ganó una de las ediciones de un importante concurso televisivo. En ese espacio solo concursaban niños y siendo por lo tanto una niña, tras conseguir ese nada desdeñable premio, se hizo bastante popular. Firmó autógrafos, actuó en diferentes programas de televisión, cantó en populares galas e incluso, según aseguró su encantador progenitor, llenó grandes pabellones -y ella sola-. Había que ver los ojos del padre mientras relataba las hazañas de la jovencísima vocalista; se leía claramente la frase: “estoy orgulloso de mi hija”. Sentí gran simpatía por aquel héroe de la vida.

«Víctima de otras víctimas que encienden la pantalla mágica y se entretienen con los muñequitos que salen dentro».

En su retoño, la mirada, sin embargo, era muy diferente. Intuí nostalgia, frustración, decepción consigo misma. Sabía que su realidad actual era cantar en la celebración de un cumpleaños cutre de cojones. El gran pabellón se había reducido al comedor de un restaurante de poca monta con un público formado por veinte personas que ni conocían su nombre. El mismo técnico que debía sonorizar aquello, o sea yo, también lo desconocía, lo cual no dejaba de ser una putada ya que, además, era el encargado de presentar. -¿Cómo carajo me habían dicho en la agencia que se llamaba esta chica?- me repetí en no pocas ocasiones.

El anfitrión y demás comensales devoraron el grasiento festín previo a la actuación. Tocaba tomar los cafés. Tocaba, por tanto, salir a escena. Una escena sin escenario, sin muestras de admiración, sin gritos de ánimo, sin autógrafos. No debe ser nada agradable sentir la decadencia recién pasados los veinte. Ella misma trajo de su casa el micrófono inalámbrico por el que tendría que comenzar la actuación cantando a capella el tópico y feo ‘Cumpleaños feliz. Con lo bonito y emotivo que resulta, ya puestos, el ‘Feliz en tu día’ de Los Payasos de la Tele.

«No recuerdo su nombre. Seguro que a mucha gente que lo coreó en sus conciertos ya no le resuena en la cabeza a día de hoy».

La pequeña cantante se encontraba muy nerviosa. Tengo que reconocer que la creí incapaz de comenzar la actuación. Le costó mucho mentalizarse. Su voz temblaba de modo inevitable. Apenas habló entre canción y canción, no sabía qué decir, supongo que se había quedado sin palabras. No le pudo resultar demasiado agradable cantar ante veinte borrachos que en el caso de admirar algo de ella se fijarían únicamente en sus atributos físicos. En realidad su posible talento artístico quedaba enterrado bajo las gritonas voces de los comensales.

Se estaba convirtiendo en una prostituta del arte. Como yo, por supuesto. Pero algo me diferenciaba de esa dama en miniatura: un servidor hace tiempo que lo había asumido hasta el punto de poner el culo y no sentir dolor. El estómago y el alma piden su dosis diaria de nutrición.

«El gran pabellón se había reducido al comedor de un restaurante de poca monta con un público formado por veinte personas que ni conocían su nombre».

Mientras se escuchaba un ‘Cumpleaños feliz’, la verdad, bastante desustanciado, la chica miraba muy fijamente al cumplidor de años sonriendo sin ganas, como la mayoría de nosotros muchas veces, solo que a ella se le notaba tanto… A las canciones, no obstante, les ponía el mayor sentimiento posible, desnudando el alma ante puercos del arte que se lo hubieran pasado mucho mejor con la compañía de un señor tiñendo su cara de rojo al contundente soplido de una vuvuzela. Y a mofletes más hinchados, mayor diversión. Me hubiera parecido más creíble verles corear el ‘Tírate de la moto’ que escuchar un ‘Woman in love’ de Barbra Streisand que, en realidad, ni escucharon.

En varios momentos de la noche pensé que se iba a romper a llorar delante de todo el mundo. Y eso que no recibió ningún ocurrente piropo español. Yo mismo tenía los ojos algo húmedos solo de ver con qué carita miraba a su padre. El señor en ningún momento dejó de sonreír ofreciéndole una confianza que ella no iba a manifestar. No era la primera vez que me tocaba trabajar en un puesto similar y había visto a chicas soportar con la cabeza bien alta no pocas vejaciones verbales. Esos improperios, sexistas en tantos los casos, contrastaban especialmente con la calidad y buena técnica en sus voces y con el cariño que dedicaban a cada interpretación. En realidad, aquella noche, la cantante, incluso tuvo suerte respecto a la correcta educación de su reducido público.

«Venía con su padre, un tipo cordial, afectuoso, optimista, enérgico y fan incondicional de su niña, a la que, no hacía falta tener especial intuición para notarlo, adoraba con toda su alma».

La niña prodigio de la televisión llevó la actuación lo mejor que pudo, nada más. Cuando faltaban cuatro canciones para terminar, los invitados le hicieron callar para tomar ellos mismos el micrófono y dedicarle unos cuantos bramidos ilegibles al anfitrión. La chica aprovechó para salir de la sala a gran velocidad; único momento en que al fin se mostró como una verdadera estrella convirtiéndose en un pequeño meteoro que atraviesa la atmósfera a punto de hacerse pedazos. Le costó mucho volver a entrar y nada, sin embargo, salir posteriormente, en unos segundos, como alma que lleva el diablo. No sé muy bien el motivo pero se encontraba perceptiblemente asustada. A lo mejor se refugió en la seguridad que da el cerrojo de un baño. Finalmente interpretó un par de canciones más y abandonó el lugar. Nadie notó que no había completado el repertorio.

Otra víctima de la industria audiovisual, peor tratada, seguro, que aquellos músicos que no han olfateado nunca el aroma de las masas muchas veces víctimas también. Víctima de su ignorancia juvenil y de la de su familia. Víctima de sus propios sueños. Víctima de otras víctimas que encienden la pantalla mágica y se entretienen con los muñequitos que salen dentro.

«Firmó autógrafos, actuó en diferentes programas de televisión, cantó en populares galas e incluso, según aseguró su encantador progenitor, llenó grandes pabellones -y ella sola-«.

Finalizado aquel episodio, la niña que ya no lo era, quizás se preguntó para qué habían requerido sus servicios. La gente hablaba con fuerza durante su actuación. Cuando se me ocurría subir el volumen del sonido, el público incrementaba la intensidad de sus correspondientes conversaciones. Terminada cada pieza, no se escuchaban aplausos.

¿Por qué cantar ante gente que no te escucha? Bueno, en realidad, alguien sí lo hizo y con la máxima atención. Su padre se emocionó con cada una de las estrofas. -Qué bien lo hace mi niña-, repitió en no pocas ocasiones. Y cuando acabó el espectáculo, ese buen hombre abandonó el lugar con la más dulce de las sonrisas.

Autor: Sergio Falces

Veracidad de la historieta: 99%.

Modificaciones: Aquella jornada transcurrió como relata la historia. De haber alguna modificación no se ha realizado conscientemente.

Fechas: Lo sucedido tendría lugar sobre mediados de la primera década del actual milenio. El texto está escrito en primavera de 2008.

Música: El proceso de escritura de esta historieta tuvo de fondo la canción ‘Estrella Fugaz’ de Niños del Brasil. El título llevó a ello siendo que, además, acababa de editarse. El resto de su banda sonora se corresponde con temas que sonaron aquella noche tanto por el micrófono como desde canciones de la época que no faltaron en el reproductor de cedé de la furgoneta.

Curiosidad: Casi década y media después de lo sucedido, quien firma el relato coincidió de un modo totalmente casual con la artista realizándole una entrevista para Aragón Radio. Se quedó con las ganas de preguntar por su padre. No le quiso hablar tampoco de lo sucedido años antes en aquel restaurante. A ella la vio muy contenta, aún en contacto con la música. Le va bien en la vida y sigue cantando como los verdaderos ángeles.

Banda Sonora:

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