25 Aniversario de La Lata de Bombillas
Nacho Vegas es icónico, mítico y legendario. Es icónico porque es un personaje, esto significa que se le puede dibujar, se le puede definir: es quizá el cantautor indie por antonomasia de este país. También es mítico, porque sin duda se acerca bastante a un mito. Se podría decir que la gente se aparta cuando él pasa por su lado, en una mezcla de solemnidad, timidez y respeto. Solamente con salir al escenario, aunque no cantara ni una palabra, aunque no se moviera, aunque no tocara ni una nota… sus seguidores le aplaudirían y volverían al siguiente concierto, como sucede por ejemplo con Morrissey. Y por último podríamos afirmar que se trata de una leyenda. Se cuentan historias sobre él. Nadie sabe muy bien qué vida lleva, cuál es su condición sexual o dónde vive. Su carrera, sus discos, sus letras, sus colaboraciones, su imagen, su posicionamiento político, su activismo… todo conforma un estatus que no se elije ni se busca, se obtiene. David Bisbal no es legendario. Melendi tampoco. Robe Iniesta lo es. Nacho Vegas también. El asturiano salió ayer puntual sobre las tablas de la sala López, después de que La Lata de Bombillas anunciara el cambio de recinto tras una avería en su aire acondicionado, en el que fue el último concierto de su laureado 25º aniversario. El músico comenzó solo con su guitarra acústica y sus sempiternas gafas de sol desgranando un repertorio nada acomodaticio, signo inequívoco de un artista que no hace concesiones más que a su propio latido artístico. Estupendamente acompañado por Hans Laguna en guitarra eléctrica y Ferrán Resines al teclado, Nacho se hizo fuerte por fin con algunos de los temas más famosos de su cancionero, como “Cuando te canses de mí”, “Hablando de Marlén”, “Ser árbol” o “Ciudad vampira”, canción que -tal y como explicó su autor- podría hablar perfectamente de la Zaragoza de hoy. Mención especial para los efectos y distorsiones de la guitarra de Laguna, que ponen el contrapunto perfecto a una voz quebradiza y a unos textos que -a veces frágiles, otras explícitos- se hubieran visto quizá demasiado desnudos sin el maravilloso sonido de la Gibson 335. Con “La gran broma final” y “El hombre que casi conoció a Michi Panero” – dos de sus gemas incontestables-, Nacho Vegas puso punto y final a un show que culmina todo un año de celebraciones en forma de “pequeños” conciertos por los veinticinco años de una sala que es ya historia viva de esta ciudad y, también, de toda España. Podríamos decir sin equivocarnos que La Lata de Bombillas ya es icónica, mítica y legendaria.
Texto: Alejandro Elías / Fotos, Jaime Oriz
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