El monte de los aullidos es el octavo disco de estudio que vinieron a presentar ayer Fito & Fitipaldis a un Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza a rebosar de amigos. Un recorrido largo para una formación a la que, esta que escribe, todavía no había observado en las distancias cortas. Sin embargo, el encuentro resultó más que familiar porque las canciones de Fito forman parte de “la banda sonora de nuestras vidas” y, superada alguna pequeña dificultad técnica del inicio, sonaron como un cañón.
Fito Cabrales es un tipo majo de verdad, que se sabe rodear de músicos potentes que dialogan entre ellos a través de sus instrumentos buscando esa quimera que es la cuadratura del círculo sonoro. Más allá de ser columna vertebral de la formación, tiene la generosidad de apartarse a un lado en muchos momentos del show para dejar que brillen los demás, propiciando momentos de catarsis colectiva, como ocurrió en Acabo de llegar, en la que el juego entre el saxofón de Javi y la guitarra de Carlos finalizó en una explosión coral muy gozosa y bien colocada, justo antes de la presentación de los integrantes del grupo.
Acompañan a Fito en este Aullidos Tour unos Fitipaldis solventes, de dilatada trayectoria en un montón de proyectos distintos siempre entrelazados con el rock, como son Alejandro “Boli” Climent al bajo, Diego Galaz a la guitarra y al violín, Coki Giménez a la batería, Javi Alzola al saxofón, Jorge Arribas al piano y al acordeón y su inseparable Carlos Raya -veinte años juntos, nos contó, una auténtica revolución en tiempos de consumo voraz- a la guitarra y el corazón. Olé.
El recital sirvió de presentación del nuevo disco, del que sonaron canciones introspectivas en las que no faltan los desencuentros amorosos de A contraluz o de la balada La noche más perfecta. Los cuervos se lo pasan bien, atravesada por ese riff fabuloso de Carlos Raya, habla de la extrañeza y de esa necesidad desgarradora pero humana de ser salvados por alguien. También sonaron El monte de los aullidos y su tono melancólico, que acaba acelerándose en un bucle con el que parece querer descargar el peso de lo no dicho, y Volverá el espanto o una manera hermosa de hablar del horror al que asistimos, apoyándose en imágenes en blanco y negro de destrucción en la franja de Gaza, que bien podrían ser de otros lugares en los que se escenifica a diario nuestra humanidad fallida. Bonita canción para tanta locura. También interpretaron Como un ataúd, “canción reproche” bien pertrechada sobre una base de rock and roll clásico.
Intercalaron las novedades con píldoras de sus discos anteriores, con un hilo argumental muy claro basado en la búsqueda del equilibrio, el vértigo de estar vivo y otras dudas existenciales (Entre la espada y la pared, Cielo hermético, Cada vez cadáver), entre las que siempre se dibujan los afectos (Un buen castigo, Por la boca vive el pez, Me equivocaría otra vez o A quemarropa, con ese estribillo que sonó cañero y esperanzador) y la tan bailada y coreada Whisky barato, con una visión más desenfadada y rockabilly del desengaño.
De la época anterior, con Platero y tú, solo sonó en los bises Entre dos mares, con un Fito cantando a cámara que llegó directo al corazón [Y tantos homenajes por personajes muertos, primero el puñetazo, luego el monumento]. Ahí quedó eso.
Fito atesora una cuantas muy buenas letras que conviene repasar. La casa por el tejado y sus contradicciones, repara en la potencia de la educación no formal y sonó maravillosa, también conceptualmente. Y Antes de que cuente diez, tema con el que quisieron finalizar combinando virtuosismo y honestidad [He aprendido a derrapar – que la vida se nos va – como el humo de ese tren – como un beso en un portal…].
No era una noche fácil la de ayer. Yo me acerqué, quiero decirlo, ayayayayyyy, “buscando un indicio de su paradero”. Qué dolor. Porque intuía que algo de Robe andaría cerca de Fito, y este lo hizo presente en ese himno de todos que es Soldadito marinero cuando nos dijo: “Ay, amatxo… la verdad es que ayer no podía ni cantar… hoy estoy contento, con vosotros… pero… sigue estando aquí, seguro”. Púa y besos al cielo. Mucho, mucho, mucho amor.
Gracias, Fito & Fitipaldis, por ser bálsamo y por hacerlo tan bonito.
Texto: Beatriz L. / Fotos, Luis Lorente / Ver álbum completo de fotos
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