Me apetece abrir la crónica de la segunda jornada de Pirineos Sur 2026 con un asunto extra musical; este año se ha batido un nuevo récord en el festival, pero esta vez no es ni de asistencia de público, ni de número de conciertos, ni del caché de los artistas. Se ha batido el récord de precios de bebidas en la barra: el litro de cerveza cuesta 10€ y la caña 5€, a lo que hay que sumar 2€ más por cada vaso. Anoche presencié un hecho insólito —no soy muy mayor, pero yo era la primera vez que lo veía en mi vida—: un camarero pidió perdón a un grupo de asistentes al servirles sus bebidas. Se quedaron tan impresionados/enfadados por los precios, que el empleado tuvo que disculparse. Y ahora vamos con lo meramente musical: Suede no es una banda de música, es una religión. Es una de esas formaciones que posee unos fans tan fieles que llevan tatuado el rostro de su cantante en la piel o alguna de sus letras. Y no es para menos, se trata de una banda que lo tiene todo: belleza, elegancia, carisma, una biografía turbulenta, un contexto mítico —el brit pop de los 90—, una deidad como cantante, y un sonido y unas canciones absolutamente reconocibles. Desembarcaron puntuales sobre el escenario flotante de Lanuza ante una audiencia totalmente entregada sin ni siquiera haber conectado aún un cable, pues la expectación generada era máxima. Abrieron con “Disintegrate”, uno de los singles de su último y celebrado disco, al cual volvieron varias veces a lo largo de su show para deleite de aquellos que fueron en busca de algo más que los hits; “June rain” y “Dancing with the Europeans” fueron dos de las que más destacaron de esta última hornada de canciones que tantas alegrías están dando a los londinenses. Pero pronto comenzaron a sonar las perlas de su discografía: con “Trash” pusieron a todo el público a cantar, con “Filmstar” a bailar y saltar, con “By the sea” a abrazarse y con “The 2 of us” a llorar. Fuera de los escenarios, el querubín del pop inglés, Brett Anderson, parece un ejecutivo guapo y rico de la City de Londres, pero en cuanto pisa las tablas se convierte ipso facto en una fiera absolutamente desatada y catártica: grita, suda, canta, se sube a los altavoces, zarandea al público, bebe, habla, da palmas, hace el molinillo con el cable del micrófono y ofrece el 200% en cada minuto del show. Tiene 60 años y es cierto que su voz ha perdido matices, potencia y color, pero… ¿a quién coño le importa?. Uno de los momentos de la noche fue cuando Richard Oakes cambió su Fender Jaguar por una Gibson J200 y comenzaron a sonar los acordes acústicos de “The wild ones”, acaso una de sus mejores composiciones; pero sin duda fue el arpegio eléctrico inicial de “Beautiful Ones” el que desató la locura de todos los allí presentes. Con “Saturday night” pusieron el punto y final a una noche que se podría afirmar será recordada en el libro de oro de esta histórica cita estival.
Abrió Nacho Vegas, al que ya vimos hace un mes en la sala Oasis de Zaragoza, y podemos dar fe de que cualquier concierto en una sala es infinitamente mejor que en un festival. Su recital de anoche fue soso y lejano; el sonido compacto, grueso y sutil en la Oasis, se tornó ayer pobre y lineal. Los músicos lo dieron todo y la banda que posee es sin duda la mejor que ha tenido en sus 25 años de trayectoria, pero la coyuntura de este festival no es, a mi modo de ver, la que más hace brillar al asturiano. Pero al César lo que es del César: el último guerrero astur, el incansable luchador antifascista, el bardo crepuscular, el partisano arrabalero, el cantor de tabernas, el cabaretero porteño, el subversivo titiritero, el que sabe que “tiempos más duros aún están por venir”… es uno de los cantantes más personales de la escena española y, sin lugar a dudas, uno de sus mejores letristas. Siempre es y será bienvenido y celebrado, tanto sobre la madera de un teatro centenario, como sobre las aguas de un pantano pirenaico.
Texto: Álex Garber – Fotos, Jaime Oriz
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