Viernes, 28 Abril 2017
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NACHO VEGAS. Sala Oasis de Zaragoza, 1/4/11

“Los cantautores son un coñazo. Que escriban libros y se dejen de conciertos. Y bueno, de Joaquín Sabina mejor ni hablamos”. Esto es lo que opiné de los cantautores durante muchos años. Siempre fue más una pose que una opinión razonada, pero debo reconocer que algunos de los abanderados de los 90 (Serranos, Guerras y demás) me siguen pareciendo, como poco, aburridos y sobrevalorados. Pero comenzaba una nueva década y un chaval asturiano que tocaba con Manta Ray sacó un disco en solitario llamado Actos inexplicables. “Vale, es un cantautor, pero un tipo al que le gusta Sonic Youth y ha hecho discos tan indies, puede merecer la pena”, pensé. Me acerqué a él con reservas, pero me gustó. Dos años más tarde publicó el que para mí es su mejor trabajo, Cajas de música difíciles de parar, y me conquistó. Descubrí que el problema no era el género en sí mismo, sino el mal enfoque que se le había dado en los últimos años. Entonces, eché la vista atrás y lo que antes me había parecido caduco, me pareció digno de ser descubierto. Estoy seguro que no fui al único que le pasó esto y no es raro que a Nacho Vegas se le considere un revolucionario del estilo. Y aquí lo tenemos, una década después, convertido en icono indie y conquistando cada vez a un público más amplio.

Y con este estatus regresó a la Sala Oasis de Zaragoza, con menos público del que se podía esperar (el Plastidepop, que se celebraba el mismo día, tuvo mucho que ver), pero con una parroquia fiel deseosa de volver a verle en directo. Su nuevo disco, La zona sucia, aunque algunos han querido ver un intento de suavizar su discurso y formas, es un excelente trabajo con el que el asturiano amplia aún más su particular universo, introduciendo incluso algunos destellos de luz entre tanta oscuridad. Tan seguro está de su calidad que lo tocó prácticamente entero. Y muy seguro ha de estar alguien para dejar de tocar auténticas joyas como La sed morta, El salitre, Morir o matar o Ángel Simón, por nombrar sólo unas pocas y, además, que el conjunto no se resienta lo más mínimo.

El recital no llegó a la intensidad y la visceralidad de su última visita a La Casa del Loco, donde parecía un artista a punto de tocar fondo, pero que renacía para ofrecer una noche asombrosa. El Vegas que nos visitó estuvo más sobrio que de costumbre y profesional, pero sin perder el gancho. Ayuda mucho los excelentes músicos que lleva: lo de Abraham Boba (teclados y acordeón) y Xel Perera (guitarra, mandolina, banjo) es para hacer otra crónica aparte, aportando unos arreglos exquisitos. Cuando te canses de mí, Reloj sin manecillas o Perplejidad confirman que el nivel compositivo del asturiano sigue muy alto, pero las cimas de la última obra, y también del concierto, son Taberneros, Lo que comen las brujas (con un curioso efecto con los coros del público) y La gran broma final (de un estilo muy planetero, por cierto). Prescindiendo de muchos de sus clásicos, como ya he comentado (Dry Martina S.A,  Maldición, y poco más), se tomó el lujo de rescatar canciones menos obvias de sus Eps (La preciosa Canción de Palacio #7, Hablando de Marlen), de su disco con Bunbury (Va a empezar a llover) y de su trabajo conjunto con su Christina Rosenvinge (Me he perdido).

Para los bises se dejó la inevitable El hombre que casi conoció a Michi Panero y una intensa y ruidosa El mercado de sonora, con la que recuperó su olvidada faceta noise, y que tan bien sabe manejar. No es difícil encontrarse comentarios tipo “he estado en entierros más divertidos que un concierto de Nacho Vegas”, pero en la puerta de la Oasis vi muchas sonrisas, personas conscientes de haber visto a uno de los mejores cantautores que ha dado este país. Por cierto, de Sabina sigo sin hablar.

Texto y fotos: Jaime Oriz

Nacho Vegas en Zaragoza

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